Hay un momento en Black Dog — el primer tema del disco — en el que la banda para. Para del todo. Plant termina una frase y se hace el silencio. Y entonces entra el riff. Ese silencio dura menos de un segundo pero vale más que diez solos de guitarra. Ahí, en ese hueco, está todo lo que hace grande a Led Zeppelin IV.
No vamos a empezar por Stairway to Heaven. Todo el mundo empieza por Stairway to Heaven. Vamos a empezar por donde empieza el disco: por un riff sincopado, extraño, que no cabe donde debería caber, grabado en una mansión en ruinas de Hampshire en pleno invierno de 1970 sin calefacción y con las paredes desconchadas.
Una antigua casa de trabajo como estudio
Headley Grange era, antes de que Led Zeppelin lo convirtiera en leyenda, un antiguo hospicio victoriano construido en 1795. Frío, húmedo, con el papel pintado cayéndose a tiras. El bajista John Paul Jones recordó su primera noche allí con una sola frase: «Oh, really?» mientras robaba un radiador eléctrico de otra habitación para no congelarse.
Page lo vio de otra manera. El guitarrista y productor había llegado al convencimiento de que el ambiente donde grabas se mete en la música. Y tenía razón. El estudio de grabación de los Rolling Stones, que viajaba en un camión, estaba aparcado en el jardín. Los micrófonos colgaban de la escalera. La sala se convertía en el instrumento.
La prueba más obvia de esto es When the Levee Breaks, el tema que cierra el disco. El ingeniero Andy Johns colocó la batería de John Bonham en el hueco de la escalera principal, una caverna de tres plantas con propiedades acústicas imposibles de replicar, y colgó dos micrófonos Beyerdynamic M160 desde arriba. El resultado es el redoble de batería más sampleado de la historia del rock — aparece en grabaciones de los Beastie Boys, Eminem, Björk y Depeche Mode, entre decenas más. Bonham, al escuchar la grabación en el camión, gritó: «¡Eso es lo que he estado oyendo en mi cabeza!»
La rabia del disco sin nombre
Led Zeppelin III había recibido críticas tibias. Los fans no entendieron el giro acústico y folk. Algunos dijeron que la banda se había reblandecido. Page se cabreó. La respuesta fue sacar un disco sin título, sin nombre de banda en la portada, sin nada. Solo cuatro símbolos — uno por cada miembro — y una fotografía de un anciano cargando leña. Atlantic Records, la discográfica, estaba furiosa.
El disco salió el 8 de noviembre de 1971 y se convirtió en el álbum más vendido de su catálogo, con más de 37 millones de copias vendidas. No llegó al número uno del Billboard — lo bloquearon Sly & the Family Stone y Carole King — pero se ha vendido de forma constante durante más de cincuenta años.
Lo que de verdad contiene este disco
Ocho canciones. Dos caras de vinilo. Y una variedad que no debería funcionar y funciona.
Black Dog abre con ese riff imposible de cuatro compases que no cuadra con la batería — lo que da la sensación permanente de que algo va a descarrilar y nunca descarrila. Rock and Roll nació de una jam session improvisada cuando Bonham empezó a tocar la intro de Keep A-Knockin’ de Little Richard y el resto de la banda entró sin pensarlo. Quedó grabada casi entera en esa primera pasada.
The Battle of Evermore es otra cosa: Page había cogido prestada una mandolina de Jones y compuso la pieza en quince minutos. Plant la llenó de imágenes tolkienianas — había leído El Señor de los Anillos — y llamaron a Sandy Denny, de Fairport Convention, para que cantara el papel del «pregonero del pueblo». Es la única vez en toda la discografía de estudio de Led Zeppelin que una voz femenina aparece en un tema.
Going to California es una carta de amor acústica a Joni Mitchell — Plant la admiraba profundamente — y Four Sticks tomó su nombre de la técnica literal: Bonham tocó el patrón del tema con cuatro baquetas en lugar de dos.
Y luego está Stairway to Heaven. Plant la escribió sentado junto a la chimenea — la única fuente de calor del edificio — mientras Page perfilaba la progresión de acordes. Dura ocho minutos. Ha sido la canción más radiada en la historia de las emisoras americanas de rock. Genera todavía más de cien millones de dólares anuales en derechos. No necesita que la defendamos.
Por qué importa más allá del mito
Lo que hace realmente diferente a Led Zeppelin IV no es Stairway to Heaven. Es la convivencia en ese disco de extremos que no deberían coexistir: la brutalidad física de When the Levee Breaks junto a la delicadeza folk de The Battle of Evermore, el riff de Black Dog junto a la melancolía de Going to California. Como apuntó el propio Page: «Teníamos esos extremos de música. Queríamos concentrar toda nuestra energía en un ambiente donde vivíamos la música las veinticuatro horas. Esa es la clave del cuarto álbum: fue residencial.»
El disco no llegó al número uno. No tiene nombre. Y lleva más de cincuenta años sin necesitar ninguna de las dos cosas.
Puntuación EDR: 9.5/10
Qué escuchar primero si no lo conoces: Black Dog → When the Levee Breaks → Rock and Roll

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